Flor adagio
Notas que vuelas como palomas transparentes,
melodía que abre la tarde en sesenta gajos,
dos cuerdas sobre el mundo
y un boceto de aire.
Incertidumbre el tiempo
que nos toca vivir en el adagio.
Sol de alas y plumajes amarillos,
flor de luz, copla marina,
piano nevado y azabache.
Viento que despeina a los árboles cuando llueve.
II
Ay adagio, cómo zumban
tus notas a dardos encendidos
abotonando y desabotonando esta tristeza
que se revuelca en el insomnio.
Una cuerda silbando una pregunta,
savia de abismos junto a mi lecho.
III
Marchas después del alba
y el violín toca el recuerdo
de tus manos en mi templo.
Nota final y una sentencia:
una puerta que se cierra a la sospecha.
Desconfianza.-
Palabras de color
me lleva más allá de lo creíble,
donde las olas del pensamiento
retornan en marea.
Busco en el cielo esperando encontrar
el resplandor de tu fugaz sonrisa,
Más sólo se observa una cubierta oscura
interceptada acaso por nubes pasajeras
y uno que otro lucero que ha logrado escapar.
Cierro los ojos aferrándome al recuerdo
de tu mirar y tus suaves brazos,
Susurro un te quiero en la distancia
ambicionando que un céfiro nocturno, lo lleve hasta ti.
Sé que permaneces quieta, tendida en tu cama,
estrechamente unida a tus pesadillas blancas
luchando como guerrera en el país de los sueños
con los espectros que de niña, guerreaban contra ti.
¡¡Espera!! He escuchado algo...
¿El sonido de tu voz?
no, no lo creo...
¡¡¡Pero casi lo puedo jurar!!!
esto confunde mi pensamiento
¿Será que el corazón traiciona mi razón?
¡¡No!!! Ya entiendo.
es tu esencia que percibo,
a través de la noche estrellada
una ráfaga de viento, la trajo hacia mí.
Ahora puedo dormir en paz
te he sentido, te he tenido;
cerraré la ventana
no sea que una brisa te vaya a arrebatar.
Ven cierra los ojos, respira sosegada
que la espalda te custodio y tu sueño velaré.
Mientras yaces plácida en la habitación a oscuras
estrecharé tu mano y tus dedos besaré
con mi mente abierta en la quietud de la noche
seguiré hilando pensamientos
pensamientos de colores, sólo para ti.
El amor y la locura
Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera ocasión, la locura, como siempre tan loca, les propuso:
Vamos a jugar a las escondidas.
La intriga levantó la ceja intrigada y la curiosidad, sin poder contenerse preguntó:
¿A las escondidas? ¿Y cómo es eso?
Es un juego, explicó la locura, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y cuando haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego.
El entusiasmo bailó secundado por la euforia, la alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, la verdad prefirió no esconderse. Para qué, si al final siempre la encuentran, y la soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido suya) y la cobardía prefirió no arriesgarse.
Uno, dos, tres...comenzó a contar la locura.
La primera en esconderse fue la pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino, la fe subió al cielo, y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio la parecía maravilloso para alguno de sus amigos ¿que si el lago cristalino?. Ideal para la belleza. ¿Que si la hendija de un árbol? Perfecto para la timidez. ¿Qué si el vuelo de la mariposa? Lo mejor para la voluptuosidad. ¿Que si la ráfaga de viento? Magnífico para la libertad, así terminó por ocultarse en un rayito de sol.
El egoísmo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado y cómodo, pero sólo para él. La mentira se escondió en el fondo del océano (mentira, en realidad se escondió detrás del arcoiris) y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes...el olvido, se le olvido en dónde se había escondido.
Cuando la locura contaba novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, el amor aún no había encontrado algún sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado... Hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores.
Un millón, contó la locura y comenzó a buscar.
La primera en aparecer fue la pereza, solo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó la fe conversando con dios sobre zoología y la pasión y el deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia y claro, pudo deducir dónde estaba el triunfo. El egoísmo no tuvo ni que buscarlo. El solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse a un lago, descubrió a la belleza y con la duda resultó más fácil todavía pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos, el talento entre la hierba fresca, a la mentira detrás del arcoiris...(mentira, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta el olvido, que ya se le había olvidado que estaba jugando a los escondidos, sólo el amor no aparecía por ningún sitio, la locura buscó detrás de cada árbol, en cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y sus rosas... Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto se escuchó un doloroso grito. Las espinas habían herido en los ojos al amor; la locura no sabía que hacer lloró, imploró, le pidió perdón. Le prometió ser su lazarillo.
Desde entonces; desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la tierra:
El amor es ciego, y la locura siempre le acompaña.
Si pudiéramos...
Si pudiéramos tal vez por un instante sucumbir al vértigo absoluto de la nada, abrir los brazos para aprisionar en ellos el horizonte y sentir -como los niños- que alcanzamos a cubrir el sol con una mano.
Si pudiéramos... si fuéramos capaces de abandonarnos por un solo instante, esa pueril sensación de abandono se quedaría en casa y saldríamos a la calle con nuevos bríos.
Si pudiéramos hablar con más franqueza, si dijéramos con fuerza... no se levantarían entre nosotros tantos muros de frivolidad retórica y nos miraríamos con ojos más abiertos diciéndonos siempre la verdad aunque doliera.
Si pudiéramos, si fuéramos capaces de caminar con los brazos extendidos, si advirtiéramos que en la infinita escalada de la montaña siempre habrá uno delante que nos tienda un brazo para que a la vez ofrezcamos una mano a los que nos vienen pisando los talones.
Si las cosas las viéramos con más sencillez, si fuéramos capaces de aceptar nuestra vergüenza, de aceptar nuestra cara al espejo y nuestro nombre en boca de algún necio, si nos levantáramos cada día con la consigna de hacer lo mejor para ayudarnos, para ayudar a ese cuerpo que nos mueve, a esa voz que nos representa, esa inteligencia que nos marca.
Si disfrutáramos la lluvia y la tormenta, si no nos ocultáramos del cielo bajo el paraguas y dejáramos que el sol entrara por todas nuestras ventanas.
Si pudiéramos... si pudiéramos ser más humanos que inteligentes, si pudiéramos ser más nobles que importantes, si pudiéramos hacer algo por nosotros, tal vez y sólo entonces, seríamos capaces de ser libres.
El estado de la imperfección absoluta.-
Quisiera
como beso eterno en tus labios...
como caricia tersa en tus manos...
como espacio y tiempo en tus momentos...
como noche y luna llena en tus sueños...
Quisiera estar... en el naciente pétalo
que beses de las flores...
en el perfume que impregne
tus ansias de amores...
en el rayo de luz en que despiertes...
Quisiera ser... el calor de tu piel
y la dulzura de tu miel...
tu felicidad... sin hiel...
sin lágrimas de amor infiel...
el amor que haga latir tu sien...
Quisiera estar... en tu todo y nada...
en tu alma enamorada...
en tu pensamiento de alborada...
en tus horas y días de calma...
en tus días y noches de ganas...
Quisiera ser... la caricia íntima
que excita tu ¨rosa¨ idílica...
el rítmico fuego que encienda
su oscuridad... la delicia suprema
que dispara su impulsivo clímax...
En todo ello quisiera... estar... ser…
porque adoro... tus ojos... tus labios...
tu pensamiento... tu cara... tus manos...
la belleza de tu cuerpo y piel...
la luz del alma que en tus ojos ve...
Una muñeca de papel
Copos de nieve caían sobre la caja de cartón, sueños falsos se desvanecían con el soplar del viento y una sinfonía caótica se escuchaba a lo lejos.
Esa noche, las estrellas le alumbraban el camino de oscuridad a un muñeco de trapo, que lo conducían al pequeño charco de lágrimas que se fusionaba con la nieve. Se acercó a la ventana acariciándole la cara a la muñeca y secándole las lágrimas con sus manos de trapo:
-No llores hermosa, puedes manchar tu vestido. Tus lágrimas son gotas de vino y puedes terminar embriagando al mundo.
-Lo hago porque me siento sola, la oscuridad me aterra. Mis cuervos de papel me han abandonado y mis uñas de cristal han dejado de crecer.
-Entonces si compañía es lo que quieres, métete a tu cama, tápate con tus cobijas e imagina que te estoy abrazando, si quieres ver la luz, sólo sal, asómate por la ventana, mira al cielo; la luna y las estrellas te alumbrarán, al mismo tiempo serán mis ojos que te están mirando, cuando sientas el soplar del viento, será un susurro de mi voz que te dice al oído -descansa-. Tus cuervos no se han ido, sólo volaron al norte para invernar, pero cuando llegue la primavera regresarán a tu lado.
-¿Por qué no mejor te quedas a mi lado y cumples con todas las bellas palabras que me has dicho?
-Porque la única compañera que estará contigo será la soledad. Encima de eso, yo tengo que continuar con mi camino.
-Pero… contéstame el porqué yo debo de estar sola.
-Eres una muñeca de papel, yo sólo soy un muñeco de trapo. Si me quedo a tu lado, puedo lastimarte. Así que mi compañía no es la que necesitas.
La muñeca derrama una última lágrima.
-¿Sabías que no tengo alma?
-No, no lo sabía, pero lo imaginaba, ya que de igual manera yo tampoco la tengo
-Pero tú eres un muñeco de trapo.
-Es por eso que no la tengo, porque así como tú sólo soy un juguete.
-Quédate, podemos jugar juntos.
-No, en verdad, no puedo, me esperan en algún lugar, por lo cual no puedo detenerme.
-Yo sí tuve alma pero… se la vendí al diablo
Una sonrisa cínica sale de la muñeca, los ojos le brillan y se propaga la oscuridad y el silencio en aquel lugar.
-Lo hice con el objetivo de ser más que una muñeca de papel, pero él cobra más caro de lo que parece.
-Tus palabras parecen ciertas pequeña, y apuesto a que el objetivo del hecho era muy bueno. Lástima que no se pudo realizar.
-Por favor quédate, me siento sola.
-Sabes que no puedo.
El muñeco de trapo da media vuelta y continua su camino. Mientras la muñeca de papel sigue embriagando al mundo, esperando la compañía que nunca vendrá.
Esquema de una rosa.-
en silencio, y espera día a día…
Soporta cada rayo de un sol que lo calcina,
sólo para volver a ver su distante y querida musa.
Y que al ver la rosa, bañada en rocío;
que ha brotado a sus raíces,
regada a cada noche y día por su llanto,
y acogida por su lúgubre sombra;
que roja y hermosa creció.-
Piensa, cada que las estrellas encienden sus luces,
en ofrecerla a la luna, que quiere tanto,
como un regalo que mudo guardaba.
Y no es la primera rosa,
que a sus pies florece,
y es por que teme
sufrir de nuevo, por la misma cosa.
Aquella flor, que de su memoria llega;
con cariño y tristeza,
fue el regalo que entregó a ésa,
que el caos oculta con su belleza.
Que sin siquiera observar el presente,
acabó con él, altanera,
y destrozó con éste
la esperanza de él, una primavera.
Esa rosa, que contrasta
con su triste apariencia,
puede sonar hermosa o siniestra,
pero unida a su amor entero está.
Y cada espina, que la rosa
posee unida a su ser,
y también cada hoja,
debe, sin duda, ser
el triste pasado que el árbol,
en cada lágrima discreta,
su locura segrega,
dejándola caer.
La luna eres tú,
¿acaso no lo sabes?
La luna eres tú,
Y yo sólo un cobarde.
La primera muerte
Había pasado toda la noche tratando de recordar qué había sucedido antes, y nunca llegó a pensar que se había muerto.
Faltaban cinco minutos para que el reloj de la plaza central marcara la hora en punto, cuando se levantó sin percatarse de que su cuerpo aún yacía tendido sobre la cama.
Había estado pensando, desde hacía más de dos o diez horas antes de acostarse, y nunca logró resolver el misterio del primer pecado.
La primera imagen que le vino a la mente antes de ponerse a pensar, fue la de un pobre hombre pisoteado por una bestia mucho más grande que él, y pensó en lo injusta que era la vida.
“El hombre se traga al hombre” rió, no sabía por qué le habían salido sin querer aquellas palabras que sin duda leyó en uno de tantos libros, pero estuvo de acuerdo en que venían acorde a la ocasión.
Bebió un poco de agua y se le olvidó renegar como siempre lo hacía los domingos por la noche, antes de de terminar su descanso semanal. En la televisión las noticias deportivas anunciaban los resultados del fútbol “Ganó el Barcelona 2-0 y ahora lleva once puntos de ventaja...” eso lo hizo sentirse feliz.
No se cepilló los dientes, pero pudo haberlo hecho si el teléfono no hubiera sonado antes de que también olvidara lavarse la cara. Mucho después de que todo pasara, se lamentaría de no haberlo hecho “Al menos hubiera muerto con la cara limpia” diría.
Levantó sin titubear el teléfono con la esperanza de que fuera quien él quería que fuera, pero no. Otra vez no. La llamada se cortó después del primer “bueno”y lo único bueno fue que ya no quiso levantarse al baño y decidió quedarse acostado de una y por última vez en esa noche.
Si hubiera sabido que no iba a lograr dormir más que en el sueño de su primera muerte, tal vez nunca se hubiera acostado.
“La vida a veces es muy injusta” y sin querer se le resbaló una gota de llanto por la mejilla.
Su mente se quedó repitiendo la frase una o dos veces. Luego otra y otra más, hasta un número que no alcanzaría para llegar a las mil, hasta que se perdió confundida con una de tantas más que le pasaban por la mente en ese mismo momento.
No quiso voltear a ver el reloj por flojera o por incertidumbre de saber o de no saber qué hora era.
“Me gustaría que volviera amanecer como si fuera ayer” se dijo con desconsuelo.
“A veces la vida es muy injusta”, la frase lo ocupaba todo, se iba por momentos, pero siempre regresaba a ser el punto de partida de todo lo demás.
“Nadie sabe lo que tiene...” y no se atrevió a completar la frase, porque sintió un dolor profundo.
Luego vinieron viejos remordimientos por lo que alguna vez pensó en hacer y nunca hizo, por lo que había querido decir y nunca dijo, y se guardó un poco de dolor y de odio para sí mismo y quizás para alguien más que lo mereciera después.
El viento de fuera era casi imperceptible, pero en el silencio obscuro de la noche, y en la soledad de aquellos pensamientos se colaba por los resquicios diminutos que dejaba la imaginación.
“Por qué si se lucha tanto por algo, de pronto viene alguien más y se lo lleva” No tenía explicación. O al menos en su mente y en ese momento no existían respuestas.
Fue entonces cuando se puso a sí mismo sobre la balanza de las comparaciones y pensó por primera vez en cambiar y dejar de ser.
“En esta vida lo malo parece ser lo mejor, el mundo debe ser de los malos...”
Luego se consoló pensando que todo era una locura.
“Es tiempo de dormir”, recordó.
Pero la mente no quería descansar.
Había algo taladrando el alma y sabía que estaba muy próximo a llegar al fondo de algo.
Por orgullo o por inseguridad no quiso llorar. “No más lágrimas” se dijo.
Abrió los ojos como un reflejo o una costumbre y se quedó mirando a la puerta, esperando que entrara ese alguien que tanto esperaba a decirle algo, que se rompiera la soledad o que se cayera la casa para volver a empezar de nuevo.
Luego volvió la vista al techo vacío, blanco como siempre había sido, contó los cuadros y los midió con el instinto que aún le sobraba de sus días de escuela y recordó algún otro amor lejano, separado por la distancia y por el tiempo.
Se puso la mano en la frente para pensar mejor, y dudó si debía apartarla cuando se sintió mojado por sudor frío, pero no se distrajo de sus pensamientos.
“Quienquiera que haya dicho que quien da amor recibe amor, nunca debió estar enamorado” se dijo con ironía, y en ese momento creyó que no había nadie más en el mundo que entendiera nada de las cosas del amor.
Luego se acordó de García Márquez: “El amor siempre es eterno... mientras dura” lo había leído en uno de sus tantos libros. Siempre pensó que él era el mas grande escritor de novelas, al menos para él.
Y se le hizo un nudo en la garganta cuando volvió a pensar en todo sin que recordara nada.
Había comido mangos un día o un mes antes, y pensó que no existía nada más delicioso.
Luego se imaginó los labios de ella mojados por el néctar de la fruta fresca, y se le partió el corazón en dos o en tres o en mil.
No había explicaciones para nada.
Había muchas preguntas que no quería preguntar para no saber la respuesta, “A veces el condenado a pena de muerte se muere antes por la pena de saber que lo van a matar”
Y se quiso olvidar de todo, y se quiso menos a él mismo cuando se sintió incapaz.
Y se quedó sin hacer nada. Cerró los ojos y empezó a quedarse...
Sintió entonces el frío de la ventana, y nunca lo interpretó como el frío de la muerte.
Su corazón se aceleró, su mente recordó todo otra vez y por última vez al mismo tiempo, los lugares, las risas, el tiempo, las ilusiones, los besos que nunca fueron, los abrazos que quiso dar, el llanto que no se lloró, alguna palabra que nunca se dijo, algún te amo que nunca escucho o que no le quisieron repetir, sintió todas las emociones, la sangre caliente en el último intento de no quedarse o de no irse, los juegos de niños, el agua de lluvia, la arena de la playa, el sabor de las uvas, el olor del vino, el placer del canto, un grito en silencio, un éxtasis delicioso, una furia, la dicha, el desencanto, el desamor, un suspiro, una caricia tierna, unos pies pintados de rojo, un vuelo en paracaídas, la alegría de saberlo todo, la impotencia de no poder pelearse contra el destino, la traición, la mentira, el frío, el calor, el dolor, el amor, la vida, el último aliento profundo... un respiro. Un abandono de sí mismo.
Y la muerte.
Dos de los cuatro espíritus que lo vieron diagnosticaron que se había muerto de nada.
Otro, el más coherente y el menos indicado dijo que se había muerto de amor.
El último dijo que nada de amor ni nada de nada, se había muerto por el puro placer de morirse.
Cuando se levantó de la cama, aún sin saber que había muerto, quiso correr a buscar lo que tanto amaba.
Caminó mucho tiempo sin que pasara el tiempo, era su último minuto, su último deseo, o como se les dice a los condenados a vivir la muerte, su última voluntad.
Se resistió a pensar que podía haber muerto. No quiso saber que lo estaba.
La niña linda de la mirada dulce y el cabello rizado a quien adoraba con tanta devoción, no se enteraría de lo sucedido sino hasta mucho tiempo después, cuando ella misma caminando descalza y con su enorme sonrisa intacta dibujada en su cara de virgen, se acercaría a él para tomarlo de la mano y devolverle la vida.
Cuando el sintió que ya no era capaz de sentir nada más que el fuego ardiente de su misma pasión, ahogándose en el frío de la noche o de la muerte, empezó a pensar en lo inevitable. Borracho de deseo y ansioso de ternura, levantó su mano a la nada, esperando nada, sabiendo que no había nada.
Por la madrugada, las campanas de la iglesia doblaron acompañadas de un coro de cupidos, pero nadie pudo escucharlos, excepto aquellos espíritus solitarios que vagaban inconscientes, de quienes alguna vez en algún lejano tiempo habían también muerto de amor.
Muchos sintieron pena por él, otros más se alegraron de tener uno nuevo entre ellos, sólo los de las almas más sensibles se sintieron orgullos de saber que aún había alguien que fuera capaz de morir por amor.
El único que no estaba conforme con nada, era el muerto.
Recibió el llamado divino para ser juzgado y se negó a escucharlo, se negó a irse sin haber sentido el calor de los labios de su bien amada.
Fueron necesarios dos pelotones de ángeles y dos más de demonios para llevarlo a juicio y arrancarlo desgarrado de la tierra y de su primera muerte.
Cuando llego frente al jurado, con la cara bañada en lagrimas de impotencia, sintió pena por sí mismo y más aún por quienes no sabían lo que era sentir el amor.
El juez que lo recibió fue un hombre viejo de palabras firmes y frases cortas, que sin pensarlo lo declaro culpable.
“Puedes alegar perdón, pero si has llegado hasta aquí, es porque debes ser juzgado” le dijo.
“No, no lo entiendo” alcanzó a decir.
“Nadie entiende la muerte, y menos si es por amor”
“¿Y por qué debo ser juzgado?”
“¿Por qué te atreviste a juzgar a lo que amabas, sin haberte visto antes en el espejo de tu realidad?”
Agachó la cara por vergüenza o por piedad, y sin levantarla y con lo último que le quedaba en la voz alcanzó a preguntar:
“¿Qué castigo merezco?”
“El único que tú mismo te has dado”
“¿Qué es lo que me ha matado, qué pecado he cometido?”
“Te has matado tú mismo, te mató tu desconfianza”
Se le hizo un nudo en la garganta y si no rompió en llanto, fue por respeto o por dignidad disfrazada de valor.
“¿Y cuál fue mi primer pecado?”
No encontró respuesta para esa última pregunta, después de un breve silencio que bien pudo haber durado dos segundos o dos años, la luz de la nueva esperanza le trajo la paz que no reconoció a primera vista.
“Siempre amaste más de lo que te amaron... creo que eso te ha salvado. La muerte es fría, pero dentro de ti aún hay algo que se mantiene vivo. Aún puedes volver a creer...”
La voz se fue desvaneciendo en el aire como la noche de aquel último día, la frase se impregnó en la mente del enamorado y le bastó escribir su historia para saber todo aquello había sido mucho más que un sueño.
El primer día del nuevo mes no amaneció nunca más para él, nunca más para el que era antes.
Cuando el ángel de la mirada dulce y el cabello rizado le susurró al oído su primer te quiero, entendió que tenía que ser mejor para lograr la paz, supo que tenía que ser paciente para llegar a lo que tanto amaba, supo que había que hacer algo más que un esfuerzo para merecerla, supo que ya no sería él lo que era antes, supo que a partir de entonces había nacido para él y para ella, desde él y en él, alguien nuevo.
La Simplicidad de la soledad
Hubo un tiempo en el que creí que soledad era no tener a nadie que me echara la mano en el trabajo, en todas las cosas que tenía que hacer, pero me di cuenta de que no. Más adelante pensé que estar solo era no tener amigos con los cuales irme de parranda los viernes y sábados por la noche, pero seguía equivocado, así que continué buscando el significado de soledad. En otra ocasión creí que soledad era que nadie se acordara de mi cumpleaños, o que nadie me saludara en la calle o que mi perro no me hiciera demostraciones de afecto cuando me ve llegar, o que nadie me preguntara cómo estoy, o no tener una actividad que en realidad me gustara hacer o no tener algo que me motivara a seguir adelante o algo en que creer… pensé mucho tiempo en cómo definir la soledad, hasta que por fin encontré la clave.
En toda y cada una de las cosas que hago siempre estás en mis pensamientos, siempre te tengo presente. Así que me di cuenta que en realidad puedo estar en medio de un gentío y sentirme solo, me pueden ayudar en el trabajo, puedo tener amigos que me inviten de fiesta, me puede llamar mucha gente en mi cumpleaños y aún así sentirme solo, o mi perro puede hacerme fiestas cuando me ve y sentirme solo, o puedo hacer muchas actividades que me gusten y tener varios incentivos y sentirme solo. El elemento clave en todo esto eres tú… así que si tú no estás a mi lado, o no te acuerdas de mí, o no me ayudas, o no compartes conmigo, o no me motivas, o no te ríes conmigo, o no crees en mí… entonces estaré solo. Así que he llegado a la conclusión de que soledad… soledad es no tenerte a ti.
Silencios
reflejas serenidad, paz, tranquilidad,
mujer preciada de pocas palabras,
mujer de prolongados silencios.
Me pregunto qué guardarás en tu interior,
qué inquietudes bullen en tu ser,
qué misterios tienes por mostrar,
qué tesoros guardados por compartir.
Mírame un segundo, mujer silenciosa,
deja que vea en la profundidad de tus ojos,
quiero explorar a través de ellos tu alma,
quiero descubrir que guardas en tu interior.
Mujer de pocas palabras y prolongados silencios.
Mujer inquietante, mujer misteriosa, mujer silenciosa.
Qué es lo que queremos?
A todos nos ha pasado que deseamos tener lo que no tenemos y querer ser lo que no somos. Y no es que esté mal desear ser una mejor persona en cualquier aspecto, ya sea espiritual, físico, emocional, etc.
El problema viene cuando al desear esto no valoramos lo que ya tenemos, lo afortunados que somos de estar vivo, de tener amigos, familia y millones de regalos maravillosos que por ser cotidianos los dejamos pasar por alto.
Vemos desesperadamente hacia futuro, esperando que este se precipite en llegar para poder cumplir planes hechos con anterioridad, desesperados siempre de vivir en ese tiempo lejano que está fuera de las manos y que no sabemos con certeza si llegará, en lugar de disfrutar del mágico tiempo que sí tenemos asegurado, este preciso momento, el presente. Este tiempo que nos permite hacer todo: soñar, amar, desear, reír, llorar, en fin en pocas palabras vivir, disfrutar cada instante. Y no quiero decir con esto que la vida es fácil, por el contrario, hay muchas cosas que la hacen difícil, ¡si lo sabré yo!, muchos obstáculos que parecen imposibles de superar, en ocasiones tan dolorosos que ni siquiera llorando podemos desprenderlos del alma, sin embargo sólo son eso obstáculos pequeños o grandes, dolorosos o no pero no son barreras y eso es lo que importa.
Huye
No me mires, no me esperes,
no permitas tu captura
y no resignes tu condena.
No admitas que mis letras
se conviertan en tus redes,
no consientas que te quiera,
impide a toda costa
que todo esto suceda.
No me dejes alcanzarte
porque si yo puedo abrazarte,
jamás verás que yo te suelte
o que mi amor te deje libre,
para que pruebes otra suerte.
Por eso escapa antes
corre lejos, corre siempre,
no concedas ni un instante,
Huye mujer, huye ahora,
mientras puedes.
"Te quiero"
Quiero descubrir una sola palabra que exprese todo lo que siento por ti,
necesito hacerte saber que eres todo para mí.
Quiero ser parte de la razón de tu felicidad que te envuelve en lágrimas y risas calladas cada que la noche cae,
y quiero estar al lado tuyo cuando pienses en la soledad.
Quiero contar contigo todas las estrellas,
debajo del árbol y junto al manantial.
Quiero quedarme en tu recuerdo por toda la eternidad.
Quiero tomarte de la mano y caminar,
por el parque, por la acera y por el bulevar.
Quiero mirarte a los ojos y nunca parpadear,
disfrutar cada momento de esta enorme felicidad.
Quiero acariciar tu suave cabello y pronunciar,
que aquí estás conmigo y que nada nos puede separar.
Quiero ser el motivo que te impide dormir,
y quiero ser el sentido que te hace palpitar.
Quiero ser la sombra que te sigue en tu caminar,
y quiero ser el destino al que has de llegar.
Quiero que me quieras tanto como te quiero
y si puedes un poco más.
Quiero descubrir una sola palabra que exprese todo lo que siento por ti,
quiero y anhelo pero no la he podido encontrar,
quiero y deseo y la tendré que inventar,
El temor súbito de un presente imperfecto.-
La mirada busca la belleza palpable, busca otra mirada y el tacto en un instante preciso. Los sueños buscan la sonrisa de la entrega, la aceptación completa de una posibilidad total, que si bien es posible venga vestida tan sólo de experiencia, pueda, con suerte, tornarse en bendición al posarse entre mis manos.
Ahí está, pues. Inquieta. Buscando con afán la comodidad que no encontrará hasta que se deje de mover; y yo también contradictorio, buscando versos y pulsaciones que, siendo silencio, desean ser un halago. Porque el escándalo es interior y se muestra reprimido en mis excusas. Sigue ahí, y de momento seguirá, pues acaba de llegar y yo decido que ella espera mi presencia, el regalo de otra locura o la invitación a un misterio superior. Se gira, se mueve sin percatarse de mi escrupulosa vigilancia, de esta paciencia que de momento persiste como buen sustituto del temor que me impedirá al final acercarme y ofrecerle el misterio que ella desea y que yo necesito.
El viento y la gente cercana me aconsejan en otra lengua que ella no habla mi idioma, que mi necesidad le parecerá locura, mi deseo se convertirá en reproche, mi vista comienza también a convencerse de la inutilidad de un designio poderoso. Un tumulto de ideas me impide respirar y sigo siendo creador, víctima y observador de todo este concierto de mentiras.
Abre tu pecho y muéstrame tu corazón. Es una exigencia absurda, pero en estas circunstancias, al borde del abismo, abrir el corazón es la única salvación, la única manera de morir y renacer instantáneamente a un momento de verdad. Dos silencios mirándose de frente, sonriendo, sin escuchar el escándalo interno que advierte el peligro de vivir.
Intentaría sorprenderte.
Porque no me has visto ni sabes que existo, pero yo te miro con la urgencia de darte aquello que necesito. Mis ojos forman pliegues en tu cuerpo en un contacto ilusorio dentro de tus labios. Tu cara cubierta de sol deja tendido un cuerpo bronceado de emociones imposibles. Tus manos tocan mis deseos sin advertir el temblor que me niega el placer de atemorizar tu futuro, tus brazos estirados, tu cadera abierta inexpugnable. Te mueves y tiembla en mi distancia la frágil consistencia de tus sueños dormidos.
¡Tiéndete y libérate!
¡Entrégate al sol y al misterio de mis ojos!
Mi silencio, mi sudor.
Que sea nuestro calor lo que nos permita flotar en el océano vacío,
Mírame ahora que llevo ya tiempo mirándote,
Escribiendo versos que dibujan
nuestra soledad desconocida.
Como el sol te envuelve ahora con su luz,
yo te cubriría de misterios y milagros,
refrescando las mentiras de un planeta lejano,
Como fantasías e ilusiones vacías de mitologías extrañas
Que escriben con tres sonidos
El bestiario irreconocible de los ancestros
que nos habrían unido en otros mundos y otras luces.
Miras de frente al sol,
Ignorando el sudor que te corre por mi cuello,
Te esperas y no te entregas,
Tienes miedo a que te vea.
La magia sucede siempre sin premeditación.
Acércate, no esperes lo que puedas imaginar,
Abierta e insegura, ven con tus miedos
Se disolverán con la arena húmeda del camino,
Si los llevas contigo, se quedarán solitarios
en el sendero que penetra al abismo del silencio.
Te llevarás mis versos sin conocerme,
Como te llevas mis deseos sin tocar el sol.
Podrías quedarte también con mis besos y mis manos
Sin reconocer mi rostro en otra fecha y otra hora
Compartirás, si quieres, una luz que te guíe por el camino que te aleja.
Ahora por fin te cae largo el cabello cubriéndote la espalda
Y tú miras al sol.
¿Si me acerco, reconocerás al menos que he vencido ejércitos de temores para hablarte?
¿Estarías dispuesta a vencerte a ti misma?
Y entonces, los dos, igualmente derrotados,
Sumergirnos a la suavidad de la luz creada mutuamente?
¿Que es el amor?
¿Qué es el amor, más que un acto de credulidad ciega que algunas veces acierta y otras, las más... nos deja con el vértigo en el alma y el estupor del dolor en el corazón al dejarnos caer sin piedad ni compasión por el despeñadero de la desilusión, del desengaño, del desencanto…?
¿Qué es el amor, mas que un acto de hipnotismo... un acto de magia, un artificio, ya este ilusorio, ya este abrumador… que capta la atención del espectador y le hace pagar el precio que fuere?
¿Qué es el amor, más que un impulso que electrifica… que nos reaviva los sentidos y nos resucita los sentimientos de un modo casi alucinante, casi delirante… que nos nubla la mente y el raciocinio, ya encaminándola al limbo en el cual nos hallaremos sin darnos cuenta recorriendo de un extremo a otro, de inicio a final, de final a inicio, la brevísima y frágil línea que nos llevaría ya pronto con los victoriosos dioses del Olimpo, ya pronto a los tortuosos territorios de Hades…?
¿Qué es el amor, sino aquel que nos hiere disfrazando sus desdenes y desaires con un tal, vez, con un puede ser, con una promesa…?
¿Qué es el amor, mas que la semilla de una duda perfecta y hábilmente sembrada en los terrenos fértiles de la ingenuidad, del anhelo, de la esperanza… la cual a sol y lluvia de unos cuantos te quieros, unos cuantos te amos, echará raíces bifurcadas de la cual se derivarán un sí, un no, siendo que la raíz principal es un tal vez… cumpliendo lo que dice la frase: “Más mata una duda que una verdad”, siendo la expectativa la que nos vuelve locos, la que nos desquicia?
¿Qué es el amor, sino un elixir y droga que embriaga, confunde y nos hace presa, nos deja a merced, nos hace abandonarnos a la voluntad de nuestro proveedor de tan dulce y tan amargo néctar?
¿Qué es el amor más que un sueño efímero que promete prolongarse no solo una vida sino una eternidad gracias a la pasión, a la dulzura, a la lascivia y la ternura con la que se entregan sus actores?
Y sin embargo queridos amigos míos, no es más, pues, que un ensueño, un espejismo… una obra breve que se encarna en el alma y en la mente, que idiotiza el corazón, que corrompe la voluntad… cual sueño de fumador de opio, cual estupor de un adicto a la morfina.
Encanta, seduce, altera, enerva y seda…. Confunde y aturde, alivia y daña, restaura y corroe… es antídoto y veneno de todos los males, de todos los bienes, es la felicidad que corre por las venas y el dolor que desgarra las entrañas.
Y sin embargo… todos lo quieren,
Y sin embargo… todos lo añoran,
Y sin embargo… todos lo anhelan, todos lo desean.
Y sin embargo… a sabiendas del incosteable precio, del carísimo pago, del endeudador contrato vitalicio el cual solo admite como pago las lágrimas, desvelos, suspiros y desencanto, sin contar las cicatrices del alma.
Y sin embargo… a sabiendas del precio, aun a sabiendas… estamos dispuestos a pagarlo.
Letras heridas
cientos de risas incrustadas en el aliento
de toda la fantasía del trovador y bohemio.
Quien ha dicho que el músico sufre
pues al cantar los amores perdidos se embriaga
con el son de la mirada del canto y la pisada
estruendosa y fuerte de su nota,
al diente de su risa en corazón esboza
una bocanada fuerte de alivio al viento
cual disperso son sus miradas frías
al consumir letra y vida en sus desvives
en tonos sombríos revistiendo tientos
mas cuán gasto es mejor suerte
que sentir la mirada helada del solitario hombre
que al tomar corazón por ciento
de mil amores en un espejo
que no hace más que bajar ánimos temores.
Dirán todos que ha dicho esta vez
en las canciones más amargas carga la vida
la esperanza de curar con sal amarga e insoportable
torrente de sin fin de despechos todo eso es mi canción
canción de heridas.
Canción pañuelo de lágrimas del ruiseñor
hoy notas húmedas en mi canción
llueven soles y un rojo santo
que lleva el nombre 'desolación'.
Si no me quiere...
¿Cuántos de nosotros no hemos ya pasado por una experiencia de estas? La verdad que la mayoría tenemos que afrontar tarde o temprano una desilusión. ¿Por qué a mí? Nos preguntamos, lo cierto es que tenemos que vivirlo, sino cómo habríamos de diferenciar entre ser correspondido y no serlo. Tan gratificante que es tener un amor que te quiere de vuelta, que tiene las mismas ganas de verte que tú, y que no tienes que andar ahí rogando por que te sedan su espacio, recogiendo literalmente las limosnas que éste te puede dar. Como vulgarmente diríamos, ¿Te están cagando, no?
A qué nos sabe que andamos arrastrando la cobija por alguien que nos desprecia, pasando por alto el amor propio, nuestra dignidad, y los enormes deseos que tenemos cada uno de nosotros de ser felices. Un día un amigo me dijo, “Los zapatos ni a la fuerza entran” es como echarte un balde de agua helada. Ya si no comprendemos esta frase es que de plano nos inclinamos por ser masoquistas, por andar llorando en los rincones, y sufrir inútilmente por algo que no es para uno. Ya sabemos que, a veces, retrocedemos cuando nos pega la nostalgia duro, y recordamos los momentos que vivimos al lado de esa persona, su sonrisa, su aroma, la mirada, la forma en que nos llamaba, y una serie de emociones, que nos despertaba, pero si nos estancamos en ello, no permitiremos que la realidad nos golpeé a la cara, diciéndonos que en los planes de la otra persona no entras. “No me quiere? Será! =S”.
La vida, les juro, no termina con alguien que nos dice adiós, y que no nos toma en cuenta como nosotros a ella. Mierda!, si tenemos tantitas ganas, salgamos a las calle y veremos que por ahí podemos encontrarnos de pronto con esa personita especial, que nos prestará su atención y sobre todo su interés. No perdamos el tiempo inútilmente sembrando en campos infértiles, donde no se dará ni un cactus. Si giramos 180% grados nos daremos cuenta de las otras personas atractivas que deambulan por ahí, esperando como uno a su otra mitad. El otro día al abrir mis ojos, ¡Dios mío!, pude darme cuenta del maravilloso paisaje que me estaba perdiendo, y sobre todo que no se esforzaba ni tantito en esbozarme una maravillosa sonrisa que me cautivó, poniéndome a pensar en las cientos de opciones que todos tenemos y que por cerrarnos a otras oportunidades, las dejamos pasar.
Debajo de mi piel...
Y, sin embargo, ella seguía tranquila, sentada ahí. Sin quererlo, fui volteando hacia ella, otra vez. Era eso. No podía apartarla de mis ideas, de mis pensamientos, de mis actos. Ella, una mujer mortal. Cada noche pasaba por el mismo club, se sentaba sola ó se dejaba acompañar por quien anduviese con ánimos de hablar. Y fue precisamente buscando una víctima que la encontré. No sé si se llama destino ó azar, pero cuando me paseaba entre el rebaño mortal, fingiendo ser uno de ellos, caminando como si fuese invisible y casi deslizándome sin ser notado, la vi. Todo se detuvo durante ese momento y pude olvidarme de mi propia sed. Ya eran tres semanas de eso. Cada noche venía aquí, a las cercanías del club, para admirarla por una ventana. No es que no tuviese lo que hacía falta para acercármele. De hecho, cuando tienes seis siglos de vida, ya has seducido a una buena cantidad de personas. Pero esto era tan... diferente. Tal vez me encantaba porque no era un juego. Ella no era la clase de mujer a la que me le acercaría para entretenerme y luego nutrirme de ella. Ella era perfecta, aún más que las féminas de mi propia raza maldita. Y lo único que me impedía hablarle era su condición. Era mortal. No sabía qué hacer con respecto a eso, pero sin duda era un problema. No podía acercármele y pretender una relación cuando sólo puedo verla cada noche. ¿Qué tal si deja de venir al club y no vuelvo a verla? También existía la posibilidad de que surgieran las dudas dentro de ella e inevitablemente me preguntara sobre mí. Una mujer como ella no se dejaría sorprender por cosas que las demás no entenderían: por seis siglos de cabalgar en medio de la noche, de conspiraciones nocturnas, seis siglos de matar para poder vivir, seis siglos de melancolía. Pero tampoco podría ignorar lo que soy. Tal vez pudiese explicarle que esto no lo escogí yo, es mi carga, mi condena, yo no pedí nada así. Entonces ella sentiría algo de miedo por mí. Nada le podía garantizar su seguridad cuando andaba junto a un ser como yo, que dejó de respirar mucho antes de que sus propios padres nacieran. E imaginemos que ella no sienta horror ó no desee alejarse de mí. ¿Entonces qué? Un par de años para estar con ella, verla envejecer y, un buen día, verla morir. Y, entretanto, yo seguiría igual, con esta apariencia de joven eterno, de inmortal. ¿Condenarla y hacerla como yo? La mera idea me hizo soltar un quejido en voz baja. Lo más doloroso era que la amaba. Por eso no podía convertirla en alguien como yo: esto no es un regalo, no es una bendición. Es soledad y vacío.
Cuando eres un ser como yo, sabes qué es en verdad hermoso y qué vale la pena en verdad, con sólo verlo una vez. Y yo lo estaba viendo ahora. Tenía miles de preguntas que hacerle, miles de cosas de qué hablarle y, sin embargo, cuando la veía todo se me olvidaba. Quedaba reducido a nada cuando ella estaba ahí. Si mi corazón pudiese latir, habría roto mi pecho. Pero nada de que yo pudiese hacer me podría salvar de mí mismo. Porque ahí estaba yo, caminando hacia el club, ignorando las gotas de lluvia que empezaban a caer sobre mi gabardina. Abrí la puerta del club y entré. Un ser inmortal como yo, que perdía el habla ante una mortal. Si me lo hubiese pedido, habría muerto por ella esa noche. De cerca, era brillante, como si estuviese rodeada de aura. Era una mujer fuerte y no se impresionó por mi palidez cuando llegué a su mesa. Ella levantó sus ojos oscuros hacia mí, arregló su cabello negro con una mano hacia un lado. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no lo hizo. Miré sus pequeños labios y no hubo ningún movimiento, ninguna alteración. ¿Alguna vez has mantenido una conversación sólo con miradas? Pues esto era eso, mucho más poderoso que las palabras, extraordinario y sublime. No sé si se dio cuenta de que la estaba mirando completamente, grabando en mi memoria cada detalle de su piel blanca, cada gesto, cada facción. En ese momento, que pudo ser segundos, ó pudo durar una eternidad, me sentí otra vez vivo. Noté que su ritmo respiratorio empezaba a aumentar y que se estaba asustando por mi presencia, que no dejaba de ser sobrenatural, pero cuando iba a decir algo ó a moverse, puse, suavemente, mi dedo índice en su boca. Al segundo siguiente, mi mano acariciaba su rostro. Ella cerró los ojos con delicadeza, tal vez dejándose llevar por el momento... o quien sabe por qué. Quise decirle lo mucho que me conmovía estar a su lado, lo mucho que me enloquecía la idea de perderla y que se fuese, que ya no pudiese verla más y que se olvidara de alguien que, en realidad, es un hombre muerto. Pero no quería jugar con el momento. La conversación visual, espiritual, basada únicamente en sentimientos, pareció hacerse más intensa. Si los ángeles existen, debían sentirse así... tan cercanos a Dios. Me levanté de la mesa y salí del club sin dejar de mirarla, con la certeza de que me seguiría. Y así lo hizo. Me siguió hasta la oscuridad, bajo la lluvia. Su cabello mojado realzaba su belleza. Caminó hacia mí y nos vimos frente a frente. Estaba tan llena de dudas, de preguntas, pero no hizo ninguna. Volví a acariciar su rostro y, casi sin pensarlo, la abracé. Su cuerpo respirante accedió a estar entre mis brazos. Si ella no sintiese algo ¿Estaría actuando como actuaba conmigo en ese momento? La lluvia pareció detenerse durante ese abrazo. Las gotas se paralizaron en el cielo, se callaron las voces y los ruidos de la calle. Éramos sólo ella y yo. Era perfecto. Diez razones para estar vivo, que se resumían todas a una, que estaba entre mis brazos, protegida de las gotas suspendidas. Nos separamos del abrazo y, teniéndola así, con su rostro tan cerca del mío di gracias en silencio por ese momento, un momento que no habría cambiado por ninguno de los anteriores en 720 años. Sin darme cuenta, una gota roja se deslizó por mi pálido rostro de mármol. Una lágrima, salida de mi ojo izquierdo, manchada con el líquido que necesito para despertar, como todos los demás fluidos de mi cuerpo. Ella tomó la lagrima en uno de sus dedos y sus ojos se bloquearon en los míos. Supe (no sospeché ni presentí, lo supe) que se sentía asustada y, a la vez, confiada. Como impulsado por una mano invisible acerqué mi rostro al suyo y terminamos fundidos en un beso, inmortal, infinito. Habría congelado todo el mundo, toda la historia, sólo para permanecer junto a ella en ese instante, por toda la eternidad. Cuando mis labios se separaron de sus suaves labios, deslicé mi boca hasta su oído.
- Te amo... susurré
Toda mi vida se había reducido a ese momento. Corrí lentamente mis labios hasta su cuello e, impulsado por la bestia que llevan por dentro los de mi especie, la mordí.
Dio un corto quejido, pero apretó mis brazos con sus manos. Su sangre era como ella misma, intoxicante, estaba dentro de mí, debajo de mi piel, detrás de mis ojos... en mi garganta, en mis dedos, en mis labios, adentro de mi pecho. Es trágico tratar de explicar un sentimiento que no puede ser explicado con palabras. Mi corazón volvió a latir, por la sangre cálida y dulce de mi amada y nuestros corazones empezaron a latir tras el mismo ritmo. Hasta que llegó el momento en que el latido de su corazón empezó a debilitarse. Separé mi boca de su cuello y caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me maldije por un momento, con la cara hacia un lado, pero ella me sujetó entre sus manos y me hizo mirarla a sus ojos hipnotizantes.
- Yo... lo siento much..., empecé a decir
- ¿Shhh? dijo ella
El mundo seguía congelado y no era importante. Era como esas veces en las que sólo existes tú y esa otra persona. Nada de lo que hubiese pasado más allá de nuestra cúpula de cristal tenía significado.
- Eres un ángel, susurró
- No lo sé. ¿Son los ángeles incapaces de amar?
Ella pensó la respuesta por un momento.
¿Cuál es la diferencia entre el amor mortal y este amor que sentía yo? Ninguna. No necesitas ser inmortal para sentir lo que yo estaba sintiendo, una poderosa emoción en la que la voluntad y el sentimiento son la misma cosa.
- ¿Qué... quien eres?, preguntó
- Sé que temes a que te haga daño... pero al mismo tiempo estás aquí, impulsada por quién sabe qué. Y quiero que sepas que moriría antes de hacerte daño.
Y miré la herida en su delicado cuello.
Nuestras manos estaban agarradas, pero las solté, con un dolor que era casi físico. La había mordido y, por un momento, me había alimentado de ella. No podía arriesgarme a hacerlo de nuevo. Para ella estar conmigo era peligroso, para mí estar sin ella era mortal. Pero no podía permanecer ahí, siendo una amenaza, mientras ella estaba débil. Empecé a marcharme, en la oscuridad.
- Volverás a verme, le dije, moviendo los labios, pero sin emitir un solo sonido, con su sabor corriendo por todo mi cuerpo y sus manos tatuadas en mi piel...
Quisiera estar... Quisiera ser...
como beso eterno en tus labios...
como caricia tersa en tus manos...
como espacio y tiempo en tus momentos...
como noche y luna llena en tus sueños...
Quisiera estar... en el naciente pétalo
que beses de las flores...
en el perfume que impregne
tus ansias de amores...
en el rayo de luz en que despiertes...
Quisiera ser... el calor de tu piel
y la dulzura de tu miel...
tu felicidad... sin hiel...
sin lágrimas de amor infiel...
el amor que haga latir tu sien...
Quisiera estar... en tu todo y nada...
en tu alma enamorada...
en tu pensamiento de alborada...
en tus horas y días de calma...
en tus días y noches de ganas...
Quisiera ser... la caricia íntima
que excita tu ¨rosa¨ idílica...
el rítmico fuego que encienda
su oscuridad... la delicia suprema
que dispara su impulsivo clímax...
En todo ello quisiera... estar... ser…
porque adoro... tus ojos... tus labios...
tu pensamiento... tu cara... tus manos...
la belleza de tu cuerpo y piel...
la luz del alma que en tus ojos ve...
Ayer pedí por ti
me di cuenta de lo maravilloso que es
como brillan las estrellas
y están perfectamente controladas
para no caerse
o apagarse si nosotros las estamos viendo
como el color de la noche
es perfecto
y eso es gracias a un Dios,
que se preocupó por hacer el cielo
tan hermoso como para poder
contemplarlo y encontrar paz.
Después de darme cuenta de lo grande
que es ese Dios,
pedí por ti,
le pedí que te cuidara
que velara tus sueños,
que saciara tu sed si es que la tenías,
que te tomara en sus brazos
si necesitabas abrigo
que te diera un abrazo
si necesitabas amor
que te protegiera de cualquiera
que quisiera hacerte daño,
aun incluso de mí,
si en alguna ocasión
trató de lastimarte con mi amor.
Ayer pedí por ti
y hoy lo seguiré haciendo
hasta asegurarme de que
tu vida es tan próspera
y bendita como para que seas feliz.
Y aún cuando ese día llegue,
y tu vida se encuentre en plenitud
seguiré pidiendo por ti.
Aunque tú no sepas quién soy...
Cuadros de "Colores Vivos"
Pensaba en una historia que no logré acabar, y que no vale la pena continuar. Pensaba en historias que no escribí, pensaba en tu silencio, en tu eterno silencio que rompes todos los días para hacerme sufrir un poquito más. Recuerdo como lo hago siempre aquella vez en la que desde las alturas miles de personas se ocupaban de formar cuadros vivientes para mí. Me encontraba aquella vez sentado en esa singular silla sobre rocas, a mi lado el pequeño sirviente, consejero, acompañante, confidente y bufón que vestía su tradicional gorrito con cascabeles, su traje de color morado y verde. Mientras que sobre el descansa manos, explicaba que la función de todas esas personas era hacer cuadros vivientes de acuerdo a sus sueños, simpatías, odios y deseos. Trepaban unos en otros y cambiaban de color formando paisajes, personas, figuras. Ocasionalmente alguno de ellos se cansaba, trepaba hasta la parte más alta del marco y se lanzaba.
-Qué dichosos son- me dije.
El cielo de tonalidades pasteles y algunas tierras se formaba de las almas o digámoslo así; deseos frustrados de libertad, de aquéllos que saltaron creyendo que así se salvarían de representar cuadros sin final para un ser extraño y su bufón. ¿Cansado, no? La realidad es que ellos creyendo que al saltar y morir se librarían de ser observados, se encontraban confinados a permanecer en el cielo. Ahora contemplando todo y a todos los que continúan haciendo lo que ellos ya no quisieron hacer. Después de uno o dos, o muchas veces muchísimos cuadros vivientes podían ir a descansar, con algo de música, vino, y por qué no decirlo algo de “libertad” comenzaban a fornicar. Después de unos días regresaban a formar cuadros vivientes para mí.
Las mujeres embarazadas se veían graciosas sobre esta maravillosa y fugaz pintura, no importando cuánto se esforzaran por ocultarlo sus estómagos deformes alteraban la pintura, y algunas veces cansadas y mareadas, vomitaban sobre todos los demás. Claro está que eso no lo toleraba mi compañero bufón, así que tomaba el pequeño caracol que se encontraba en el piso, al lado derecho de mi asiento y con un pequeño soplido sobre él, el caracol cobraba vida, se dirigía donde la mujer y sus asquerosos compañeros, trepaba por la pintura y al llegar donde estaba toda aquella inmundicia, comenzaba a devorarlos hasta llegar donde la mujer, a la que arrojaba, ya en el piso con el vientre abierto y su criatura expuesta devoraba a los dos lentamente. Regresaba donde el bufón, pero en su rastro de “baba” y muerte iba dejando pequeñas florecillas moradas.
Es aquí donde aparecen todos los infantes que aún no son parte de los cuadros, ellos recogían esas florecillas moradas, hacían ropas, cuerdas, camas, algunas de ellas las hervían con la sangre de los partos y elaboraban comida para ellos y para todos los demás. Los más pequeños se encargaban de girar sobre grandes montones de espinas. -Había que sacar el color rojo- decía el bufón, -nunca es suficiente rojo -agregaba.
Y yo qué decía, pues nada, igual que ahora solo callaba y me limitaba a observar esa pequeña mariposa que causaba un gran dolor cada vez que se posaba cerca de mí. Era rosa, pequeña y parecía delicada, de vez en cuando sacaba su lengüita y me miraba, parecía platicar y contar sus anécdotas, pero siempre se iba cuando yo me disponía a apresarla. Le hable a bufón y pregunté: - ¿Por qué no tenemos rosa? Él me miró con indignación y dijo, -nunca es suficiente rojo señor, es tonto desperdiciarlo en hacer algo, de… de eso… de ese “rosa”-.
El cielo oscureció, dormí. Al despertar el aire de silencio me supo a mariposa y le ordené al bufón que exprimiera algo de blanco de los ojos de los pintores.
Obedeció, y dentro de una pequeña ostra trajo algo de blanco mientras me lo entregaba decía: -tienen demasiado poco blanco en esos pequeños ojos, además se quejan mucho, no paran de lamentarse, y por si fuera poco no logran encontrar su espacio en la pintura.- No le hice caso y con un alfiler pinché mi dedo. Una gota de sangre surgió, los ojos del bufón se iluminaron, la gota no cayó, se tornó parda, y se volvió a introducir en mi cuerpo. Desilusionado vi al bufón, que lentamente volvía del éxtasis producido por la gota de sangre que por un instante se asomó. Tomé su mano y la pinché, otra gota de sangre roja brotó de su dedo, él volvió a caer en trance, se dirigía donde los niños para depositarla en los barriles mientras repetía,- nunca es suficiente rojo-. Pero en unos instantes la gota se rió, de igual manera que lo deberían hacer todas las cosas de los bufones, y escapó entre unas rocas. El pequeño bufón pasó horas buscándola, hablándole, diciendo que no se fuera, que volviera, que nunca volvería a pensar en abandonarla, que era suya, que era su gota y nunca se iría de él, que tenía que volver porque se sentía solo, que la extrañaba. La pequeña gota se asomó por una hendidura y cuando estaba por volver, se asomó una pequeña lágrima de gota. Lentamente el bufón acercó su mano, con los dedos abrió su diminuta herida que no cerraría hasta que volviera la gota. En una lentitud impresionante que únicamente incumbía a la gota y al bufón, se aplazaron esos eternos segundos y cuando por fin se encontraba en su dedo, pasó la mariposa rosa y bebió la gota, sacó su lengüita, sonrió, contó una anécdota y antes de que el eterno segundo pasara la mariposa rosa emprendió el vuelo. ¡Rosa!, ¡rosa será! Nunca será suficiente rosa- grito el bufón, y ordenó que todos se exprimieran los ojos. Todos llevaban las gotas de blanco sobre pequeñas ostras y las vertían antes de ir a trabajar. Aún no es rosa gritó, y vació uno de sus ojos sobre la mezcla. Perdí la noción sobre el viento tiempo y tierra, y cuando regresé en mí, todos los cuadros tenían un rosa maravilloso, brillaba por sí mismo, y parecía que nos miraba, callado y con cierto odio, pero además de odio podía encontrar algo de esperanza como si buscara a alguien, como si el rosa dentro de esos cuadros y dentro de esas cuencas de ojos sin ojos buscaran a la pequeña mariposa. Nunca es suficiente rosa gritó el bufón mientras regresaba a su lugar a mi lado.
La pequeña mariposa continuaba pasando frente a mí, provocándome, de vez en cuando volvía a sacar su lengüita, y se iba. Bufón la veía con todo el odio posible de su único ojo.
Cansado, tomé dos hojas de un árbol que se encontraba detrás mío, una ramita de esa rara planta de voluntad, y con un poco de lodo y saliva forme el cuerpo de mariposa, ordene que se me trajera una ostra con color rosa, y aunque no quería desperdiciar el rosa, bufón aceptó.
Tomé con delicadeza a la pequeña mariposa de hoja, y la cubrí sumergiéndola en el color de todos. Pero ni hojas, ni barro lograron absorber la pintura, sólo se veía con manchas rosadas, y pedazos de hoja y lodo. Enfurecido, lancé la mariposa falsa por el precipicio a mi izquierda, Bufón al verlo se lanzó junto con ella perdiéndose en la oscuridad. Momentos después llegó la mariposa, mientras sacaba su lengüita dejó caer una semillita al piso. Inmediatamente germinó y comenzó a surgir una ramita espinosa, que doblaba hacia la izquierda a la altura de mis ojos, en el fin de la ramita se veía una flor de cuatro pétalos, dos morados y dos verdes. Regresó después de una tarde la pequeña mariposa, se posó en la rama, sacó su leguita y bebió de la flor. Así pasaban los días, los cuadros cambiando, y la mariposa llegaba y me contaba acerca de todo lo que vivía, hablaba de lejanos lugares que no conocía, lugares que nunca me atrevería a visitar, había historias de lugares que caminan, de seres de otro mundo que no comprenden lo que pasa, hablaba de muñecas, de espejos, de algo poco común y que muere fácilmente a estos seres en extinción les llamó “amigos”. Pero bufón no regresaba. Los cuadros comenzaban a perder forma, ya no me gustaban como antes, ya no los veía, mi mariposa captaba toda mi atención. Cuatro días, tres horas quince minutos después de que bufón se lanzó, llamé a uno de los niños que aún tenían sus dos ojos, lo acerqué al precipicio y mientras la mariposa contaba sus historias, con mis uñas saqué uno de los ojos del pequeño, le ordené que cerrara el otro y lancé su ojo hacia el precipicio. ¿Ves algo? Pregunté- no veo nada mi señor. Le pedí que se fuera y mandara a otro en su lugar. Continué lanzando ojos al precipicio pero siempre obtenía la misma respuesta. Faltaban ojos para hacer rosa, y el color rojo volvía a tomar posesión de los cuadros, tomé mi lugar, con mi caracol de un lado y mi precipicio al otro, frente a mi los cuadros y más cerca, esa mariposa.
Llegó el día de mi onomástico y la mariposa no llegaba, salió el sol y después oscureció como es la costumbre, la mariposa no llegó. Fue al siguiente día, cuando llegaron miles de pájaros que taparon el cielo, y el caer manchaban con su sangre verde, el maravilloso rojo de mis cuadros. Caían tantos que ya no veía el piso, ordené que detuvieran los cuadros y arrojaran los cuerpos muertos al precipicio, pasaron aún varios días y la mariposa no llegaba. En su lugar llegó una mujer pero pasó rápido, con prisa. No se detuvo más que lo debido a saludar, pero me intrigó su mirada, di la vuelta, me dirigí a mi lugar y le pedí al caracol que detuviera un momento el tiempo, para que no tuviera tanta prisa nuestra compañera, así fue. El caracol caminó al revés, lento como él sabía y el tiempo se detuvo. La mujer sólo dijo: es que dejé mi silencio en una botella pero escapó, y no sé dónde está, además siempre me están siguiendo esas aves, y marcan el camino a quien viene detrás de mí, es tiempo de irme… se fue. Pasaron unos instantes, el caracol ya había acomodado el tiempo como se debe, cuando llegó un hombre. Pasó rápido, con prisa, mientras decía: aquí las esperanzas no son como antes, atravesó el antiguo precipicio ahora lleno de cuerpos de esperanzas, mientras aquel hombre se perdía en el horizonte bufón escalaba por esos putrefactos cadáveres. Su puño se encontraba cerrado con fuerza, se acercó a mí, abrió el puño y salió una pequeña mariposa, voló detrás de aquel hombre que llegó de repente y no volvió jamás.
Bufón había cambiado, su traje ahora era rojo escarlata, y detrás de él llegó ella, pequeña con un vestido de reina, un báculo en su mano derecha y ningún cabello sobre su cabeza. Caminaba descalza, y trataba de parecerse a una vieja muñeca negra que alguna vez conocí. Siguió a los seres que pasaron hace unos pocos segundos y bufón volvió a tomar su lugar a mi lado. Pasaron muchas lunas de soledad y mi pequeña mariposa no regresaba, escribí una breve carta sólo para saber de ella. Tapé mi boca con mi mano y leí la carta, soplé al aire y mi mensaje se fue. Tiempo después, dos días para ser exactos el viento trajo la respuesta de mi mariposa: “soy feliz con alguien que me hace feliz”. Sufrí. Qué podía ser ahora de mí, me pregunté. Ya no podía ser yo, coloqué un espejo frente a mí, una lágrima corrió veloz por mis mejillas. Permanecí sentado por mucho tiempo, ya no veía los cuadros, recordé a las esperanzas que pasaron hace tiempo. Comencé a llamar a todos mis súbditos, a todos aquellos que hacían cuadros vivientes para mí, les di la libertad, tomé mi pequeña pluma de esperanza, sujeté el tintero y dibujé en su pecho una apertura, saqué el corazón de cada uno de ellos, y les ordené retirarse. Frente a mí el último cuadro que podría surgir, todos ellos inertes y sus corazones aún latiendo frente a mí, la tierra comenzó a latir al unísono, un sonido tranquilo relajante. Coloqué de nuevo el espejo frente a mí, bufón sujetándolo. Dibujé en el una nueva apertura, otro corazón. El reflejo cobró vida, salió. Tomó mi corazón, lo incrustó en el espejo, la imagen se congelo. Bufón tomó mi lugar, mientras jugaba con tres corazones. Mi reflejo comenzó a llorar.
