Escuchaba sobre diosas y dioses ajenos a mí. Veía con desagrado que no soy más que pasado y recuerdos. Soñaba con poder volar y de vez en cuando hacer pequeños saltos al pasado y repetir lo que no será. Mis pies fríos.
Pensaba en una historia que no logré acabar, y que no vale la pena continuar. Pensaba en historias que no escribí, pensaba en tu silencio, en tu eterno silencio que rompes todos los días para hacerme sufrir un poquito más. Recuerdo como lo hago siempre aquella vez en la que desde las alturas miles de personas se ocupaban de formar cuadros vivientes para mí. Me encontraba aquella vez sentado en esa singular silla sobre rocas, a mi lado el pequeño sirviente, consejero, acompañante, confidente y bufón que vestía su tradicional gorrito con cascabeles, su traje de color morado y verde. Mientras que sobre el descansa manos, explicaba que la función de todas esas personas era hacer cuadros vivientes de acuerdo a sus sueños, simpatías, odios y deseos. Trepaban unos en otros y cambiaban de color formando paisajes, personas, figuras. Ocasionalmente alguno de ellos se cansaba, trepaba hasta la parte más alta del marco y se lanzaba.
-Qué dichosos son- me dije.
El cielo de tonalidades pasteles y algunas tierras se formaba de las almas o digámoslo así; deseos frustrados de libertad, de aquéllos que saltaron creyendo que así se salvarían de representar cuadros sin final para un ser extraño y su bufón. ¿Cansado, no? La realidad es que ellos creyendo que al saltar y morir se librarían de ser observados, se encontraban confinados a permanecer en el cielo. Ahora contemplando todo y a todos los que continúan haciendo lo que ellos ya no quisieron hacer. Después de uno o dos, o muchas veces muchísimos cuadros vivientes podían ir a descansar, con algo de música, vino, y por qué no decirlo algo de “libertad” comenzaban a fornicar. Después de unos días regresaban a formar cuadros vivientes para mí.
Las mujeres embarazadas se veían graciosas sobre esta maravillosa y fugaz pintura, no importando cuánto se esforzaran por ocultarlo sus estómagos deformes alteraban la pintura, y algunas veces cansadas y mareadas, vomitaban sobre todos los demás. Claro está que eso no lo toleraba mi compañero bufón, así que tomaba el pequeño caracol que se encontraba en el piso, al lado derecho de mi asiento y con un pequeño soplido sobre él, el caracol cobraba vida, se dirigía donde la mujer y sus asquerosos compañeros, trepaba por la pintura y al llegar donde estaba toda aquella inmundicia, comenzaba a devorarlos hasta llegar donde la mujer, a la que arrojaba, ya en el piso con el vientre abierto y su criatura expuesta devoraba a los dos lentamente. Regresaba donde el bufón, pero en su rastro de “baba” y muerte iba dejando pequeñas florecillas moradas.
Es aquí donde aparecen todos los infantes que aún no son parte de los cuadros, ellos recogían esas florecillas moradas, hacían ropas, cuerdas, camas, algunas de ellas las hervían con la sangre de los partos y elaboraban comida para ellos y para todos los demás. Los más pequeños se encargaban de girar sobre grandes montones de espinas. -Había que sacar el color rojo- decía el bufón, -nunca es suficiente rojo -agregaba.
Y yo qué decía, pues nada, igual que ahora solo callaba y me limitaba a observar esa pequeña mariposa que causaba un gran dolor cada vez que se posaba cerca de mí. Era rosa, pequeña y parecía delicada, de vez en cuando sacaba su lengüita y me miraba, parecía platicar y contar sus anécdotas, pero siempre se iba cuando yo me disponía a apresarla. Le hable a bufón y pregunté: - ¿Por qué no tenemos rosa? Él me miró con indignación y dijo, -nunca es suficiente rojo señor, es tonto desperdiciarlo en hacer algo, de… de eso… de ese “rosa”-.
El cielo oscureció, dormí. Al despertar el aire de silencio me supo a mariposa y le ordené al bufón que exprimiera algo de blanco de los ojos de los pintores.
Obedeció, y dentro de una pequeña ostra trajo algo de blanco mientras me lo entregaba decía: -tienen demasiado poco blanco en esos pequeños ojos, además se quejan mucho, no paran de lamentarse, y por si fuera poco no logran encontrar su espacio en la pintura.- No le hice caso y con un alfiler pinché mi dedo. Una gota de sangre surgió, los ojos del bufón se iluminaron, la gota no cayó, se tornó parda, y se volvió a introducir en mi cuerpo. Desilusionado vi al bufón, que lentamente volvía del éxtasis producido por la gota de sangre que por un instante se asomó. Tomé su mano y la pinché, otra gota de sangre roja brotó de su dedo, él volvió a caer en trance, se dirigía donde los niños para depositarla en los barriles mientras repetía,- nunca es suficiente rojo-. Pero en unos instantes la gota se rió, de igual manera que lo deberían hacer todas las cosas de los bufones, y escapó entre unas rocas. El pequeño bufón pasó horas buscándola, hablándole, diciendo que no se fuera, que volviera, que nunca volvería a pensar en abandonarla, que era suya, que era su gota y nunca se iría de él, que tenía que volver porque se sentía solo, que la extrañaba. La pequeña gota se asomó por una hendidura y cuando estaba por volver, se asomó una pequeña lágrima de gota. Lentamente el bufón acercó su mano, con los dedos abrió su diminuta herida que no cerraría hasta que volviera la gota. En una lentitud impresionante que únicamente incumbía a la gota y al bufón, se aplazaron esos eternos segundos y cuando por fin se encontraba en su dedo, pasó la mariposa rosa y bebió la gota, sacó su lengüita, sonrió, contó una anécdota y antes de que el eterno segundo pasara la mariposa rosa emprendió el vuelo. ¡Rosa!, ¡rosa será! Nunca será suficiente rosa- grito el bufón, y ordenó que todos se exprimieran los ojos. Todos llevaban las gotas de blanco sobre pequeñas ostras y las vertían antes de ir a trabajar. Aún no es rosa gritó, y vació uno de sus ojos sobre la mezcla. Perdí la noción sobre el viento tiempo y tierra, y cuando regresé en mí, todos los cuadros tenían un rosa maravilloso, brillaba por sí mismo, y parecía que nos miraba, callado y con cierto odio, pero además de odio podía encontrar algo de esperanza como si buscara a alguien, como si el rosa dentro de esos cuadros y dentro de esas cuencas de ojos sin ojos buscaran a la pequeña mariposa. Nunca es suficiente rosa gritó el bufón mientras regresaba a su lugar a mi lado.
La pequeña mariposa continuaba pasando frente a mí, provocándome, de vez en cuando volvía a sacar su lengüita, y se iba. Bufón la veía con todo el odio posible de su único ojo.
Cansado, tomé dos hojas de un árbol que se encontraba detrás mío, una ramita de esa rara planta de voluntad, y con un poco de lodo y saliva forme el cuerpo de mariposa, ordene que se me trajera una ostra con color rosa, y aunque no quería desperdiciar el rosa, bufón aceptó.
Tomé con delicadeza a la pequeña mariposa de hoja, y la cubrí sumergiéndola en el color de todos. Pero ni hojas, ni barro lograron absorber la pintura, sólo se veía con manchas rosadas, y pedazos de hoja y lodo. Enfurecido, lancé la mariposa falsa por el precipicio a mi izquierda, Bufón al verlo se lanzó junto con ella perdiéndose en la oscuridad. Momentos después llegó la mariposa, mientras sacaba su lengüita dejó caer una semillita al piso. Inmediatamente germinó y comenzó a surgir una ramita espinosa, que doblaba hacia la izquierda a la altura de mis ojos, en el fin de la ramita se veía una flor de cuatro pétalos, dos morados y dos verdes. Regresó después de una tarde la pequeña mariposa, se posó en la rama, sacó su leguita y bebió de la flor. Así pasaban los días, los cuadros cambiando, y la mariposa llegaba y me contaba acerca de todo lo que vivía, hablaba de lejanos lugares que no conocía, lugares que nunca me atrevería a visitar, había historias de lugares que caminan, de seres de otro mundo que no comprenden lo que pasa, hablaba de muñecas, de espejos, de algo poco común y que muere fácilmente a estos seres en extinción les llamó “amigos”. Pero bufón no regresaba. Los cuadros comenzaban a perder forma, ya no me gustaban como antes, ya no los veía, mi mariposa captaba toda mi atención. Cuatro días, tres horas quince minutos después de que bufón se lanzó, llamé a uno de los niños que aún tenían sus dos ojos, lo acerqué al precipicio y mientras la mariposa contaba sus historias, con mis uñas saqué uno de los ojos del pequeño, le ordené que cerrara el otro y lancé su ojo hacia el precipicio. ¿Ves algo? Pregunté- no veo nada mi señor. Le pedí que se fuera y mandara a otro en su lugar. Continué lanzando ojos al precipicio pero siempre obtenía la misma respuesta. Faltaban ojos para hacer rosa, y el color rojo volvía a tomar posesión de los cuadros, tomé mi lugar, con mi caracol de un lado y mi precipicio al otro, frente a mi los cuadros y más cerca, esa mariposa.
Llegó el día de mi onomástico y la mariposa no llegaba, salió el sol y después oscureció como es la costumbre, la mariposa no llegó. Fue al siguiente día, cuando llegaron miles de pájaros que taparon el cielo, y el caer manchaban con su sangre verde, el maravilloso rojo de mis cuadros. Caían tantos que ya no veía el piso, ordené que detuvieran los cuadros y arrojaran los cuerpos muertos al precipicio, pasaron aún varios días y la mariposa no llegaba. En su lugar llegó una mujer pero pasó rápido, con prisa. No se detuvo más que lo debido a saludar, pero me intrigó su mirada, di la vuelta, me dirigí a mi lugar y le pedí al caracol que detuviera un momento el tiempo, para que no tuviera tanta prisa nuestra compañera, así fue. El caracol caminó al revés, lento como él sabía y el tiempo se detuvo. La mujer sólo dijo: es que dejé mi silencio en una botella pero escapó, y no sé dónde está, además siempre me están siguiendo esas aves, y marcan el camino a quien viene detrás de mí, es tiempo de irme… se fue. Pasaron unos instantes, el caracol ya había acomodado el tiempo como se debe, cuando llegó un hombre. Pasó rápido, con prisa, mientras decía: aquí las esperanzas no son como antes, atravesó el antiguo precipicio ahora lleno de cuerpos de esperanzas, mientras aquel hombre se perdía en el horizonte bufón escalaba por esos putrefactos cadáveres. Su puño se encontraba cerrado con fuerza, se acercó a mí, abrió el puño y salió una pequeña mariposa, voló detrás de aquel hombre que llegó de repente y no volvió jamás.
Bufón había cambiado, su traje ahora era rojo escarlata, y detrás de él llegó ella, pequeña con un vestido de reina, un báculo en su mano derecha y ningún cabello sobre su cabeza. Caminaba descalza, y trataba de parecerse a una vieja muñeca negra que alguna vez conocí. Siguió a los seres que pasaron hace unos pocos segundos y bufón volvió a tomar su lugar a mi lado. Pasaron muchas lunas de soledad y mi pequeña mariposa no regresaba, escribí una breve carta sólo para saber de ella. Tapé mi boca con mi mano y leí la carta, soplé al aire y mi mensaje se fue. Tiempo después, dos días para ser exactos el viento trajo la respuesta de mi mariposa: “soy feliz con alguien que me hace feliz”. Sufrí. Qué podía ser ahora de mí, me pregunté. Ya no podía ser yo, coloqué un espejo frente a mí, una lágrima corrió veloz por mis mejillas. Permanecí sentado por mucho tiempo, ya no veía los cuadros, recordé a las esperanzas que pasaron hace tiempo. Comencé a llamar a todos mis súbditos, a todos aquellos que hacían cuadros vivientes para mí, les di la libertad, tomé mi pequeña pluma de esperanza, sujeté el tintero y dibujé en su pecho una apertura, saqué el corazón de cada uno de ellos, y les ordené retirarse. Frente a mí el último cuadro que podría surgir, todos ellos inertes y sus corazones aún latiendo frente a mí, la tierra comenzó a latir al unísono, un sonido tranquilo relajante. Coloqué de nuevo el espejo frente a mí, bufón sujetándolo. Dibujé en el una nueva apertura, otro corazón. El reflejo cobró vida, salió. Tomó mi corazón, lo incrustó en el espejo, la imagen se congelo. Bufón tomó mi lugar, mientras jugaba con tres corazones. Mi reflejo comenzó a llorar.

0 Comentarios:
Publicar un comentario