El temor súbito de un presente imperfecto.-

Ahora, como siempre, encuentro en un momento otra oportunidad para vencerme, de convencerme que yo no soy el temor que me detiene y que no soy tampoco el detenido. Pero, aún comprendiéndolo, no me asomo al otro extremo del temor. Veo ahí, a unos cuantos metros, un canal que me permitirá explotarme hacia el centro de mis nervios. Está acostada, cubriéndose el sol con los brazos, dejando ver un asomo de belleza en cada pliegue de distancia. Y se convierte la idea en deseo. Una esperanza superflua que me acorrala en el abismo reflexivo, el diálogo interno, lo bueno y lo malo y lo que no sería nunca capaz de hacer aunque eso significara el camino hacia mi mismo. Tal vez, al fin y al cabo, no soy yo el que lo pide, ni ella quien no lo desea, por ello es mejor que siga siendo no más que una indagación científica, un reflexionar inequívoco de que la vida misma lo pide, lo desea y lo ejecuta, tomándome a veces a mí, a veces a él, como el instrumento a través del cual se realiza y se manifiesta.

La mirada busca la belleza palpable, busca otra mirada y el tacto en un instante preciso. Los sueños buscan la sonrisa de la entrega, la aceptación completa de una posibilidad total, que si bien es posible venga vestida tan sólo de experiencia, pueda, con suerte, tornarse en bendición al posarse entre mis manos.

Ahí está, pues. Inquieta. Buscando con afán la comodidad que no encontrará hasta que se deje de mover; y yo también contradictorio, buscando versos y pulsaciones que, siendo silencio, desean ser un halago. Porque el escándalo es interior y se muestra reprimido en mis excusas. Sigue ahí, y de momento seguirá, pues acaba de llegar y yo decido que ella espera mi presencia, el regalo de otra locura o la invitación a un misterio superior. Se gira, se mueve sin percatarse de mi escrupulosa vigilancia, de esta paciencia que de momento persiste como buen sustituto del temor que me impedirá al final acercarme y ofrecerle el misterio que ella desea y que yo necesito.

El viento y la gente cercana me aconsejan en otra lengua que ella no habla mi idioma, que mi necesidad le parecerá locura, mi deseo se convertirá en reproche, mi vista comienza también a convencerse de la inutilidad de un designio poderoso. Un tumulto de ideas me impide respirar y sigo siendo creador, víctima y observador de todo este concierto de mentiras.

Abre tu pecho y muéstrame tu corazón. Es una exigencia absurda, pero en estas circunstancias, al borde del abismo, abrir el corazón es la única salvación, la única manera de morir y renacer instantáneamente a un momento de verdad. Dos silencios mirándose de frente, sonriendo, sin escuchar el escándalo interno que advierte el peligro de vivir.

Intentaría sorprenderte.

Porque no me has visto ni sabes que existo, pero yo te miro con la urgencia de darte aquello que necesito. Mis ojos forman pliegues en tu cuerpo en un contacto ilusorio dentro de tus labios. Tu cara cubierta de sol deja tendido un cuerpo bronceado de emociones imposibles. Tus manos tocan mis deseos sin advertir el temblor que me niega el placer de atemorizar tu futuro, tus brazos estirados, tu cadera abierta inexpugnable. Te mueves y tiembla en mi distancia la frágil consistencia de tus sueños dormidos.

¡Tiéndete y libérate!
¡Entrégate al sol y al misterio de mis ojos!
Mi silencio, mi sudor.
Que sea nuestro calor lo que nos permita flotar en el océano vacío,
Mírame ahora que llevo ya tiempo mirándote,
Escribiendo versos que dibujan
nuestra soledad desconocida.

Como el sol te envuelve ahora con su luz,
yo te cubriría de misterios y milagros,
refrescando las mentiras de un planeta lejano,
Como fantasías e ilusiones vacías de mitologías extrañas
Que escriben con tres sonidos
El bestiario irreconocible de los ancestros
que nos habrían unido en otros mundos y otras luces.

Miras de frente al sol,
Ignorando el sudor que te corre por mi cuello,
Te esperas y no te entregas,
Tienes miedo a que te vea.
La magia sucede siempre sin premeditación.

Acércate, no esperes lo que puedas imaginar,
Abierta e insegura, ven con tus miedos
Se disolverán con la arena húmeda del camino,
Si los llevas contigo, se quedarán solitarios
en el sendero que penetra al abismo del silencio.

Te llevarás mis versos sin conocerme,
Como te llevas mis deseos sin tocar el sol.
Podrías quedarte también con mis besos y mis manos
Sin reconocer mi rostro en otra fecha y otra hora
Compartirás, si quieres, una luz que te guíe por el camino que te aleja.

Ahora por fin te cae largo el cabello cubriéndote la espalda
Y tú miras al sol.

¿Si me acerco, reconocerás al menos que he vencido ejércitos de temores para hablarte?
¿Estarías dispuesta a vencerte a ti misma?
Y entonces, los dos, igualmente derrotados,
Sumergirnos a la suavidad de la luz creada mutuamente?

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