Quisiera
como beso eterno en tus labios...
como caricia tersa en tus manos...
como espacio y tiempo en tus momentos...
como noche y luna llena en tus sueños...
Quisiera estar... en el naciente pétalo
que beses de las flores...
en el perfume que impregne
tus ansias de amores...
en el rayo de luz en que despiertes...
Quisiera ser... el calor de tu piel
y la dulzura de tu miel...
tu felicidad... sin hiel...
sin lágrimas de amor infiel...
el amor que haga latir tu sien...
Quisiera estar... en tu todo y nada...
en tu alma enamorada...
en tu pensamiento de alborada...
en tus horas y días de calma...
en tus días y noches de ganas...
Quisiera ser... la caricia íntima
que excita tu ¨rosa¨ idílica...
el rítmico fuego que encienda
su oscuridad... la delicia suprema
que dispara su impulsivo clímax...
En todo ello quisiera... estar... ser…
porque adoro... tus ojos... tus labios...
tu pensamiento... tu cara... tus manos...
la belleza de tu cuerpo y piel...
la luz del alma que en tus ojos ve...
Una muñeca de papel
Copos de nieve caían sobre la caja de cartón, sueños falsos se desvanecían con el soplar del viento y una sinfonía caótica se escuchaba a lo lejos.
Esa noche, las estrellas le alumbraban el camino de oscuridad a un muñeco de trapo, que lo conducían al pequeño charco de lágrimas que se fusionaba con la nieve. Se acercó a la ventana acariciándole la cara a la muñeca y secándole las lágrimas con sus manos de trapo:
-No llores hermosa, puedes manchar tu vestido. Tus lágrimas son gotas de vino y puedes terminar embriagando al mundo.
-Lo hago porque me siento sola, la oscuridad me aterra. Mis cuervos de papel me han abandonado y mis uñas de cristal han dejado de crecer.
-Entonces si compañía es lo que quieres, métete a tu cama, tápate con tus cobijas e imagina que te estoy abrazando, si quieres ver la luz, sólo sal, asómate por la ventana, mira al cielo; la luna y las estrellas te alumbrarán, al mismo tiempo serán mis ojos que te están mirando, cuando sientas el soplar del viento, será un susurro de mi voz que te dice al oído -descansa-. Tus cuervos no se han ido, sólo volaron al norte para invernar, pero cuando llegue la primavera regresarán a tu lado.
-¿Por qué no mejor te quedas a mi lado y cumples con todas las bellas palabras que me has dicho?
-Porque la única compañera que estará contigo será la soledad. Encima de eso, yo tengo que continuar con mi camino.
-Pero… contéstame el porqué yo debo de estar sola.
-Eres una muñeca de papel, yo sólo soy un muñeco de trapo. Si me quedo a tu lado, puedo lastimarte. Así que mi compañía no es la que necesitas.
La muñeca derrama una última lágrima.
-¿Sabías que no tengo alma?
-No, no lo sabía, pero lo imaginaba, ya que de igual manera yo tampoco la tengo
-Pero tú eres un muñeco de trapo.
-Es por eso que no la tengo, porque así como tú sólo soy un juguete.
-Quédate, podemos jugar juntos.
-No, en verdad, no puedo, me esperan en algún lugar, por lo cual no puedo detenerme.
-Yo sí tuve alma pero… se la vendí al diablo
Una sonrisa cínica sale de la muñeca, los ojos le brillan y se propaga la oscuridad y el silencio en aquel lugar.
-Lo hice con el objetivo de ser más que una muñeca de papel, pero él cobra más caro de lo que parece.
-Tus palabras parecen ciertas pequeña, y apuesto a que el objetivo del hecho era muy bueno. Lástima que no se pudo realizar.
-Por favor quédate, me siento sola.
-Sabes que no puedo.
El muñeco de trapo da media vuelta y continua su camino. Mientras la muñeca de papel sigue embriagando al mundo, esperando la compañía que nunca vendrá.
Esquema de una rosa.-
en silencio, y espera día a día…
Soporta cada rayo de un sol que lo calcina,
sólo para volver a ver su distante y querida musa.
Y que al ver la rosa, bañada en rocío;
que ha brotado a sus raíces,
regada a cada noche y día por su llanto,
y acogida por su lúgubre sombra;
que roja y hermosa creció.-
Piensa, cada que las estrellas encienden sus luces,
en ofrecerla a la luna, que quiere tanto,
como un regalo que mudo guardaba.
Y no es la primera rosa,
que a sus pies florece,
y es por que teme
sufrir de nuevo, por la misma cosa.
Aquella flor, que de su memoria llega;
con cariño y tristeza,
fue el regalo que entregó a ésa,
que el caos oculta con su belleza.
Que sin siquiera observar el presente,
acabó con él, altanera,
y destrozó con éste
la esperanza de él, una primavera.
Esa rosa, que contrasta
con su triste apariencia,
puede sonar hermosa o siniestra,
pero unida a su amor entero está.
Y cada espina, que la rosa
posee unida a su ser,
y también cada hoja,
debe, sin duda, ser
el triste pasado que el árbol,
en cada lágrima discreta,
su locura segrega,
dejándola caer.
La luna eres tú,
¿acaso no lo sabes?
La luna eres tú,
Y yo sólo un cobarde.
La primera muerte
Había pasado toda la noche tratando de recordar qué había sucedido antes, y nunca llegó a pensar que se había muerto.
Faltaban cinco minutos para que el reloj de la plaza central marcara la hora en punto, cuando se levantó sin percatarse de que su cuerpo aún yacía tendido sobre la cama.
Había estado pensando, desde hacía más de dos o diez horas antes de acostarse, y nunca logró resolver el misterio del primer pecado.
La primera imagen que le vino a la mente antes de ponerse a pensar, fue la de un pobre hombre pisoteado por una bestia mucho más grande que él, y pensó en lo injusta que era la vida.
“El hombre se traga al hombre” rió, no sabía por qué le habían salido sin querer aquellas palabras que sin duda leyó en uno de tantos libros, pero estuvo de acuerdo en que venían acorde a la ocasión.
Bebió un poco de agua y se le olvidó renegar como siempre lo hacía los domingos por la noche, antes de de terminar su descanso semanal. En la televisión las noticias deportivas anunciaban los resultados del fútbol “Ganó el Barcelona 2-0 y ahora lleva once puntos de ventaja...” eso lo hizo sentirse feliz.
No se cepilló los dientes, pero pudo haberlo hecho si el teléfono no hubiera sonado antes de que también olvidara lavarse la cara. Mucho después de que todo pasara, se lamentaría de no haberlo hecho “Al menos hubiera muerto con la cara limpia” diría.
Levantó sin titubear el teléfono con la esperanza de que fuera quien él quería que fuera, pero no. Otra vez no. La llamada se cortó después del primer “bueno”y lo único bueno fue que ya no quiso levantarse al baño y decidió quedarse acostado de una y por última vez en esa noche.
Si hubiera sabido que no iba a lograr dormir más que en el sueño de su primera muerte, tal vez nunca se hubiera acostado.
“La vida a veces es muy injusta” y sin querer se le resbaló una gota de llanto por la mejilla.
Su mente se quedó repitiendo la frase una o dos veces. Luego otra y otra más, hasta un número que no alcanzaría para llegar a las mil, hasta que se perdió confundida con una de tantas más que le pasaban por la mente en ese mismo momento.
No quiso voltear a ver el reloj por flojera o por incertidumbre de saber o de no saber qué hora era.
“Me gustaría que volviera amanecer como si fuera ayer” se dijo con desconsuelo.
“A veces la vida es muy injusta”, la frase lo ocupaba todo, se iba por momentos, pero siempre regresaba a ser el punto de partida de todo lo demás.
“Nadie sabe lo que tiene...” y no se atrevió a completar la frase, porque sintió un dolor profundo.
Luego vinieron viejos remordimientos por lo que alguna vez pensó en hacer y nunca hizo, por lo que había querido decir y nunca dijo, y se guardó un poco de dolor y de odio para sí mismo y quizás para alguien más que lo mereciera después.
El viento de fuera era casi imperceptible, pero en el silencio obscuro de la noche, y en la soledad de aquellos pensamientos se colaba por los resquicios diminutos que dejaba la imaginación.
“Por qué si se lucha tanto por algo, de pronto viene alguien más y se lo lleva” No tenía explicación. O al menos en su mente y en ese momento no existían respuestas.
Fue entonces cuando se puso a sí mismo sobre la balanza de las comparaciones y pensó por primera vez en cambiar y dejar de ser.
“En esta vida lo malo parece ser lo mejor, el mundo debe ser de los malos...”
Luego se consoló pensando que todo era una locura.
“Es tiempo de dormir”, recordó.
Pero la mente no quería descansar.
Había algo taladrando el alma y sabía que estaba muy próximo a llegar al fondo de algo.
Por orgullo o por inseguridad no quiso llorar. “No más lágrimas” se dijo.
Abrió los ojos como un reflejo o una costumbre y se quedó mirando a la puerta, esperando que entrara ese alguien que tanto esperaba a decirle algo, que se rompiera la soledad o que se cayera la casa para volver a empezar de nuevo.
Luego volvió la vista al techo vacío, blanco como siempre había sido, contó los cuadros y los midió con el instinto que aún le sobraba de sus días de escuela y recordó algún otro amor lejano, separado por la distancia y por el tiempo.
Se puso la mano en la frente para pensar mejor, y dudó si debía apartarla cuando se sintió mojado por sudor frío, pero no se distrajo de sus pensamientos.
“Quienquiera que haya dicho que quien da amor recibe amor, nunca debió estar enamorado” se dijo con ironía, y en ese momento creyó que no había nadie más en el mundo que entendiera nada de las cosas del amor.
Luego se acordó de García Márquez: “El amor siempre es eterno... mientras dura” lo había leído en uno de sus tantos libros. Siempre pensó que él era el mas grande escritor de novelas, al menos para él.
Y se le hizo un nudo en la garganta cuando volvió a pensar en todo sin que recordara nada.
Había comido mangos un día o un mes antes, y pensó que no existía nada más delicioso.
Luego se imaginó los labios de ella mojados por el néctar de la fruta fresca, y se le partió el corazón en dos o en tres o en mil.
No había explicaciones para nada.
Había muchas preguntas que no quería preguntar para no saber la respuesta, “A veces el condenado a pena de muerte se muere antes por la pena de saber que lo van a matar”
Y se quiso olvidar de todo, y se quiso menos a él mismo cuando se sintió incapaz.
Y se quedó sin hacer nada. Cerró los ojos y empezó a quedarse...
Sintió entonces el frío de la ventana, y nunca lo interpretó como el frío de la muerte.
Su corazón se aceleró, su mente recordó todo otra vez y por última vez al mismo tiempo, los lugares, las risas, el tiempo, las ilusiones, los besos que nunca fueron, los abrazos que quiso dar, el llanto que no se lloró, alguna palabra que nunca se dijo, algún te amo que nunca escucho o que no le quisieron repetir, sintió todas las emociones, la sangre caliente en el último intento de no quedarse o de no irse, los juegos de niños, el agua de lluvia, la arena de la playa, el sabor de las uvas, el olor del vino, el placer del canto, un grito en silencio, un éxtasis delicioso, una furia, la dicha, el desencanto, el desamor, un suspiro, una caricia tierna, unos pies pintados de rojo, un vuelo en paracaídas, la alegría de saberlo todo, la impotencia de no poder pelearse contra el destino, la traición, la mentira, el frío, el calor, el dolor, el amor, la vida, el último aliento profundo... un respiro. Un abandono de sí mismo.
Y la muerte.
Dos de los cuatro espíritus que lo vieron diagnosticaron que se había muerto de nada.
Otro, el más coherente y el menos indicado dijo que se había muerto de amor.
El último dijo que nada de amor ni nada de nada, se había muerto por el puro placer de morirse.
Cuando se levantó de la cama, aún sin saber que había muerto, quiso correr a buscar lo que tanto amaba.
Caminó mucho tiempo sin que pasara el tiempo, era su último minuto, su último deseo, o como se les dice a los condenados a vivir la muerte, su última voluntad.
Se resistió a pensar que podía haber muerto. No quiso saber que lo estaba.
La niña linda de la mirada dulce y el cabello rizado a quien adoraba con tanta devoción, no se enteraría de lo sucedido sino hasta mucho tiempo después, cuando ella misma caminando descalza y con su enorme sonrisa intacta dibujada en su cara de virgen, se acercaría a él para tomarlo de la mano y devolverle la vida.
Cuando el sintió que ya no era capaz de sentir nada más que el fuego ardiente de su misma pasión, ahogándose en el frío de la noche o de la muerte, empezó a pensar en lo inevitable. Borracho de deseo y ansioso de ternura, levantó su mano a la nada, esperando nada, sabiendo que no había nada.
Por la madrugada, las campanas de la iglesia doblaron acompañadas de un coro de cupidos, pero nadie pudo escucharlos, excepto aquellos espíritus solitarios que vagaban inconscientes, de quienes alguna vez en algún lejano tiempo habían también muerto de amor.
Muchos sintieron pena por él, otros más se alegraron de tener uno nuevo entre ellos, sólo los de las almas más sensibles se sintieron orgullos de saber que aún había alguien que fuera capaz de morir por amor.
El único que no estaba conforme con nada, era el muerto.
Recibió el llamado divino para ser juzgado y se negó a escucharlo, se negó a irse sin haber sentido el calor de los labios de su bien amada.
Fueron necesarios dos pelotones de ángeles y dos más de demonios para llevarlo a juicio y arrancarlo desgarrado de la tierra y de su primera muerte.
Cuando llego frente al jurado, con la cara bañada en lagrimas de impotencia, sintió pena por sí mismo y más aún por quienes no sabían lo que era sentir el amor.
El juez que lo recibió fue un hombre viejo de palabras firmes y frases cortas, que sin pensarlo lo declaro culpable.
“Puedes alegar perdón, pero si has llegado hasta aquí, es porque debes ser juzgado” le dijo.
“No, no lo entiendo” alcanzó a decir.
“Nadie entiende la muerte, y menos si es por amor”
“¿Y por qué debo ser juzgado?”
“¿Por qué te atreviste a juzgar a lo que amabas, sin haberte visto antes en el espejo de tu realidad?”
Agachó la cara por vergüenza o por piedad, y sin levantarla y con lo último que le quedaba en la voz alcanzó a preguntar:
“¿Qué castigo merezco?”
“El único que tú mismo te has dado”
“¿Qué es lo que me ha matado, qué pecado he cometido?”
“Te has matado tú mismo, te mató tu desconfianza”
Se le hizo un nudo en la garganta y si no rompió en llanto, fue por respeto o por dignidad disfrazada de valor.
“¿Y cuál fue mi primer pecado?”
No encontró respuesta para esa última pregunta, después de un breve silencio que bien pudo haber durado dos segundos o dos años, la luz de la nueva esperanza le trajo la paz que no reconoció a primera vista.
“Siempre amaste más de lo que te amaron... creo que eso te ha salvado. La muerte es fría, pero dentro de ti aún hay algo que se mantiene vivo. Aún puedes volver a creer...”
La voz se fue desvaneciendo en el aire como la noche de aquel último día, la frase se impregnó en la mente del enamorado y le bastó escribir su historia para saber todo aquello había sido mucho más que un sueño.
El primer día del nuevo mes no amaneció nunca más para él, nunca más para el que era antes.
Cuando el ángel de la mirada dulce y el cabello rizado le susurró al oído su primer te quiero, entendió que tenía que ser mejor para lograr la paz, supo que tenía que ser paciente para llegar a lo que tanto amaba, supo que había que hacer algo más que un esfuerzo para merecerla, supo que ya no sería él lo que era antes, supo que a partir de entonces había nacido para él y para ella, desde él y en él, alguien nuevo.
La Simplicidad de la soledad
Hubo un tiempo en el que creí que soledad era no tener a nadie que me echara la mano en el trabajo, en todas las cosas que tenía que hacer, pero me di cuenta de que no. Más adelante pensé que estar solo era no tener amigos con los cuales irme de parranda los viernes y sábados por la noche, pero seguía equivocado, así que continué buscando el significado de soledad. En otra ocasión creí que soledad era que nadie se acordara de mi cumpleaños, o que nadie me saludara en la calle o que mi perro no me hiciera demostraciones de afecto cuando me ve llegar, o que nadie me preguntara cómo estoy, o no tener una actividad que en realidad me gustara hacer o no tener algo que me motivara a seguir adelante o algo en que creer… pensé mucho tiempo en cómo definir la soledad, hasta que por fin encontré la clave.
En toda y cada una de las cosas que hago siempre estás en mis pensamientos, siempre te tengo presente. Así que me di cuenta que en realidad puedo estar en medio de un gentío y sentirme solo, me pueden ayudar en el trabajo, puedo tener amigos que me inviten de fiesta, me puede llamar mucha gente en mi cumpleaños y aún así sentirme solo, o mi perro puede hacerme fiestas cuando me ve y sentirme solo, o puedo hacer muchas actividades que me gusten y tener varios incentivos y sentirme solo. El elemento clave en todo esto eres tú… así que si tú no estás a mi lado, o no te acuerdas de mí, o no me ayudas, o no compartes conmigo, o no me motivas, o no te ríes conmigo, o no crees en mí… entonces estaré solo. Así que he llegado a la conclusión de que soledad… soledad es no tenerte a ti.
Silencios
reflejas serenidad, paz, tranquilidad,
mujer preciada de pocas palabras,
mujer de prolongados silencios.
Me pregunto qué guardarás en tu interior,
qué inquietudes bullen en tu ser,
qué misterios tienes por mostrar,
qué tesoros guardados por compartir.
Mírame un segundo, mujer silenciosa,
deja que vea en la profundidad de tus ojos,
quiero explorar a través de ellos tu alma,
quiero descubrir que guardas en tu interior.
Mujer de pocas palabras y prolongados silencios.
Mujer inquietante, mujer misteriosa, mujer silenciosa.
Qué es lo que queremos?
A todos nos ha pasado que deseamos tener lo que no tenemos y querer ser lo que no somos. Y no es que esté mal desear ser una mejor persona en cualquier aspecto, ya sea espiritual, físico, emocional, etc.
El problema viene cuando al desear esto no valoramos lo que ya tenemos, lo afortunados que somos de estar vivo, de tener amigos, familia y millones de regalos maravillosos que por ser cotidianos los dejamos pasar por alto.
Vemos desesperadamente hacia futuro, esperando que este se precipite en llegar para poder cumplir planes hechos con anterioridad, desesperados siempre de vivir en ese tiempo lejano que está fuera de las manos y que no sabemos con certeza si llegará, en lugar de disfrutar del mágico tiempo que sí tenemos asegurado, este preciso momento, el presente. Este tiempo que nos permite hacer todo: soñar, amar, desear, reír, llorar, en fin en pocas palabras vivir, disfrutar cada instante. Y no quiero decir con esto que la vida es fácil, por el contrario, hay muchas cosas que la hacen difícil, ¡si lo sabré yo!, muchos obstáculos que parecen imposibles de superar, en ocasiones tan dolorosos que ni siquiera llorando podemos desprenderlos del alma, sin embargo sólo son eso obstáculos pequeños o grandes, dolorosos o no pero no son barreras y eso es lo que importa.
