Si pudiéramos cerrar los ojos y ser capaces de encerrarnos por un instante en un pensamiento propio, disfrutar lo que se gasta detrás de los sentidos, la sensación de libertad, de vuelo.
Si pudiéramos tal vez por un instante sucumbir al vértigo absoluto de la nada, abrir los brazos para aprisionar en ellos el horizonte y sentir -como los niños- que alcanzamos a cubrir el sol con una mano.
Si pudiéramos... si fuéramos capaces de abandonarnos por un solo instante, esa pueril sensación de abandono se quedaría en casa y saldríamos a la calle con nuevos bríos.
Si pudiéramos hablar con más franqueza, si dijéramos con fuerza... no se levantarían entre nosotros tantos muros de frivolidad retórica y nos miraríamos con ojos más abiertos diciéndonos siempre la verdad aunque doliera.
Si pudiéramos, si fuéramos capaces de caminar con los brazos extendidos, si advirtiéramos que en la infinita escalada de la montaña siempre habrá uno delante que nos tienda un brazo para que a la vez ofrezcamos una mano a los que nos vienen pisando los talones.
Si las cosas las viéramos con más sencillez, si fuéramos capaces de aceptar nuestra vergüenza, de aceptar nuestra cara al espejo y nuestro nombre en boca de algún necio, si nos levantáramos cada día con la consigna de hacer lo mejor para ayudarnos, para ayudar a ese cuerpo que nos mueve, a esa voz que nos representa, esa inteligencia que nos marca.
Si disfrutáramos la lluvia y la tormenta, si no nos ocultáramos del cielo bajo el paraguas y dejáramos que el sol entrara por todas nuestras ventanas.
Si pudiéramos... si pudiéramos ser más humanos que inteligentes, si pudiéramos ser más nobles que importantes, si pudiéramos hacer algo por nosotros, tal vez y sólo entonces, seríamos capaces de ser libres.
El estado de la imperfección absoluta.-
Publicado por
Alvaro
on 11 noviembre 2009
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El amor verdadero se intimida con otros besos, esconde su fuerza, se vuelve recuerdo. Es así como el sentimiento se enreda en cuerpos ajenos, se pierde en recónditos sueños. Así funciona el momento, se rompen cadenas, se liberan miedos; por eso escapamos lejos de tiempo, lejos del castigo que amenaza el instinto perpetuo, volamos dejando en un cuerpo extraño el veneno del tedio. Así definimos el “estar imperfecto”, el impulso temido de gritar el nombre que exige el deseo, el estar con el corazón escondido espiando el pecado certero. Y es que no hay mejor vida que estar condenado a no estar por completo, vivir a medias combinando el placer con un pacto continuo de amor romántico y hueco, porque al final todo se cae por ese redondo concepto, porque no aceptamos que el amor existe pero no siempre podemos darlo y recibirlo completo. Por eso tropieza el andar seguro ante un empujón discreto, porque somos veletas llevadas por el suave viento del dolor placentero, porque en realidad somos ángeles escondiendo las alas bajo la piel de un demonio perverso. Y finalmente llevamos fundidos el amor y el secreto, sigue la vida y el “estar imperfecto”, seguimos amando y volviendo a pecar sin quererlo, en la realidad cómplice del yo traicionero, o quizá nada más en silencio soñando despiertos.
